La mitología griega forma parte de los conocimientos básicos de mucha gente en el mundo porque la han estudiado en la escuela o conocen historias que giran alrededor de dicho tema. Para aquellos que anden un poco despistados, los míticos dioses griegos como Zeus, Afrodita, Apolo, Atenea y otros cuantos tenían como residencia principal el monte Olimpo, en la antigua Grecia.

Curiosamente el monte Olimpo no existe como tal, sino que es un conjunto de varios montes y, actualmente, el nombre del Parque Nacional que puedes encontrar en la región griega de Macedonia (no confundir con el nombre del país y, menos aún, ¡no hacerlo delante de un macedonio griego!).

Pues bien, estando en Thessaloniki, nos dimos cuenta de que estábamos muy cerca de este lugar y quisimos hacer una visita a Zeus. Este conjunto de montes tiene el pico más alto de Grecia (Mitikas/Μύτικας) y al principio nos planteamos subirlo ya que, por lo que leímos no era demasiado complicado. Finalmente, fuimos más humildes (y yo más miedoso porque tengo cierto miedo a determinadas alturas) y nos conformamos con dar una buena caminata por los bajos de este macizo montañoso.

Cogimos el autobús desde Salónica hasta Litohoro, la ciudad base para subir por varias rutas. Cuando estábamos llegando ya nos llevamos la primera impresión. Allá a lo lejos, detrás de las ventanillas del autobús vimos entre brumas los picos que parecían nevados, pero no lo estaban, del monte Olimpo. He de admitir que fue casi una revelación, en el sentido en que comprendimos porque estas montañas habían sido convertidas por los habitantes del lugar en la morada de sus dioses. El cielo estaba blanco por la niebla y las nubes. No se podía ver nada verde, ninguna montaña, excepto la cima blanca y grisácea, brillando, como si estuviera colgada en el aire sin nada que le sirviese como base. Es como si los dioses hubiesen construido su hogar en medio de las nubes y lo hubieran dejado ahí, a la vista, para que todos los mortales lo admirasen.

La verdad es que lo consiguieron. Fueran los dioses, fuera la propia naturaleza quienes construyeron esa montaña de la forma en que está, consiguieron un efecto casi místico, difícil de evitar para cualquiera que lo viese por primera vez (y seguramente también por segunda o tercera).

Y todo eso lo pensamos solo en el autobús.

Una vez en la ciudad base, comenzamos a andar y perdernos. No sé cómo lo hacemos, pero después de calcular nuestras rutas por ciudad, campo o montaña, tenemos la curiosa habilidad de hacer algo totalmente diferente a lo planeado. Así fue también en este caso. Tras comprar un pan con queso Feta (de lo mejor que he comido de este tipo), comenzamos a andar por donde pensamos que era. Obviamente no era por ahí, pero el error nos hizo descubrir un sendero alternativo que seguía un río a veces seco a veces con agua cristalina que invitaba a bañarse o a beberla si no fuera por la temperatura. Increíbles paisajes a los pocos metros de comenzar nuestra ruta. Más tarde cuando por fin encontramos una de las rutas oficiales del parque, nos fuimos encontrando cada poco con paisajes más espectaculares que el anterior.

La altura vertiginosa en la que estábamos, permitía escuchar el río y observarlo rodeado de un bosque frondoso y otoñal. Mirando al frente, no importa el punto de la ruta donde estuviésemos, nos encontrábamos con formaciones abstractas de rocas, con paredes lisas de acantilados, con minigrutas escavadas en la montaña, con salamandras negras con manchas naranjas y, por fin, cuando estábamos a punto de darnos la vuelta porque pensábamos que no era buena idea que nos cogiera la noche perdidos por el medio de esta naturaleza mitológica, encontramos el hogar de los dioses. Aquellos picos que habíamos visto desde el autobús, pero esta vez mucho más de cerca

Aquello fue un momento mágico. Nos encontrábamos aún a baja altura (unos mil metros), pero rodeados del verde y amarillo de los árboles, del gris de la piedra caliza, del sonido del agua de aquel lejano río, lejano solo en altura, y de las pequeñitas cascadas que lo iban llenado del líquido elemento. Estábamos solos y sobrecogidos por la inmensidad del lugar, por la historia, la mitología presente allí de alguna forma. Parecía que el mundo actual no existiese y que nosotros, pequeños, muy pequeñitos, tuviésemos la suerte de conocer un rincón secreto reservado a unos pocos.

En esos momentos comprendes perfectamente por qué hace algunos miles de años (entre 2000 y 3000) estas montañas se convirtieran en el lugar místico que eran y que, de alguna forma, lo continúan siendo para muchos hasta hoy.