Decía el poeta español Antonio Machado: Caminante, no hay camino, se hace camino al andar. No se refería a andar de verdad, ni a descubrir los lugares donde vives o que visitas haciendo senderismo, pero siempre es una buena ocasión para recordar dicho poema y una buena forma de comenzar a escribir sobre algo que me gusta: caminar y conocer una región caminando.

Cuando era pequeño y vivía en mi ciudad natal, Bilbao, hacía muchas caminadas y sobre todo subía los montes que rodean la ciudad. Pequeños, pero divertidos para quien le gusta andar. Después, hacer senderismo o subir al monte se convirtió, cada vez más, en un acto raro y esporádico.

Cuando vivíamos en Denia, gracias a nuestra vecina y amiga Alicia, pude volver a retomar esas sensaciones que produce recorrer a pie la región donde vives y conocer lugares que de otra forma no podrías haber visto.

Ahora, viviendo en Portugal, estamos pudiendo conocer el país, o por lo menos la región centro-oeste, de otra forma. No solo los lugares, sino también las personas. Desde hace unos 15 o 20 años, los grupos de caminada se hicieron muy populares en Portugal, especialmente en la zona donde vivimos. Hoy en día, aquí en Caldas da Rainha, es relativamente fácil ir andando por la calle y encontrar pequeños anuncios que notifican las próximas caminadas. Los grupos se anuncian en Internet, tienen sus propias páginas y comunidades.

Cuando sales a caminar, no se trata solo de andar, de avanzar en el camino con el objetivo de llegar al destino. Es también observar los lugares por donde pasas, de sentirte en contacto con la naturaleza, de hablar con gente que, tal vez, no conoces de nada, de aprender sobre otras formas de ver la vida y de hacer que tu cuerpo sienta movimientos diferentes a los que está acostumbrado en el día a día.

En nuestra última caminada, rodeando la sorprendente Lagoa de Óbidos, íbamos mas de medio centenar de personas. Nosotros conocíamos a 2 o 3 personas como mucho y sin embargo al final del día, hablábamos con varios de ellos como si los conociésemos de hace tiempo. Fue un placer caminar entre los viñedos con las uvas a punto de caramelo para ser devoradas, entre perales con las frutas ya maduras, manzanos de pocas hojas con pequeñas y sonrosadas manzanas, a través de eucaliptos viejos y altos, o bien jóvenes y blanquecinos. Fue una delicia poder andar con la Lagoa a nuestro lado, cubierta de niebla al principio y acompañados después por el vuelo de las garzas y otras aves que pueblan estas región.

Al final, con la satisfacción de haber salido de la rutina del día a día (si es que eso existe en nuestra vida), y con los pies cansados pero orgullosos del camino andado, todo terminó con un encuentro entre cerca de la mitad de los caminantes compartiendo las comidas que cada uno había traído de su casa y las historias que cada uno cargaba a sus espaldas.

Hay un momento para viajar en avión, otro para alquilar un coche y recorrer la región y, para mí, siempre hay que encontrar un momento para alejarse de los lugares más concurridos y desviarse del camino que uno mismo se ha marcado.

Caminante, son tus huellas
el camino y nada más;
Caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.
Al andar se hace el camino,
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.
Caminante no hay camino
sino estelas en la mar.
Antonio Machado
Caminante, son tus huellas
el camino y nada más;
Caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.
Al andar se hace el camino,
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.
Caminante no hay camino
sino estelas en la mar.
Antonio Machado